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Por Horacio Cecchi
El Diccionario de María
Moliner dice que refugiado es una persona que, a consecuencia de guerras o
persecuciones políticas, vive en un país que no es el suyo y le dio
refugio. Un sinónimo: asilo. El de Joan Corominas dice que el origen de la
palabra refugiado es la latina fugere, que significa huir. George, por
ponerle un nombre, no dice ni una cosa ni otra cuando asegura, desde su
piel negra y su inglés endurecido, que él, después de huir de los horrores
de la guerra en Sierra Leona, después de sufrir la muerte de sus padres y la
desaparición de sus hermanos, después de haber salvado su pellejo con la
intervención de la suerte, y después de haber trepado a un barco como
polizón para cruzar el océano sin importar hacia dónde iba, sin siquiera
saberlo, tuvo “la mala suerte” de caer en Argentina.
Así dicho, George parece un desagradecido, mirando los dientes al caballo
regalado. Pero George no parece un desagradecido precisamente. Apenas si se
anima a decir lo que ha dicho, casi pidiendo perdón por soltar la queja o
el fallido sobre el desdentado equino que le regalarán cuando el Estado
disponga que merece el carácter de refugiado. George, su rostro, aparece en
una película llamada Estás acá, estás allá, de Juliana Fischbein y
Eduardo Safigueroa. Como el suyo, los rostros de otros dieciocho
refugiados, o que intentan serlo, son protagonistas de este film sin ser
actores. El film, un corto documental, se mete en el terreno de los
refugiados, en el horror del pasado y el amparo del presente, a través de
lo que ellos mismos dicen de sí mismos, pero especialmente de aquello que
los rodea. Ahora, que podría intuirse que están a salvo. Sólo intuirse. Si
no, piense en el sinónimo de refugio que da Moliner. Piense en la palabra
asilo, en términos estrictamente argentinos y actuales, y pregúntese si
permite pensar en “dar albergue a fugitivos de persecuciones religiosas,
étnicas o políticas”. O, más bien, en depósitos de viejos que se vuelven
locos, y de locos que se vuelven viejos, por estar ahí dentro.
Ahora piense, o diga: Cacerolazo, Corralito, Desocupación, Default,
Licuación, Hambre, Saqueos, Vecinos Asesinados, Bandas Policiales, Peso
Devaluado, Corte Suprema Cuestionada, Clase Política Desacreditada,
Banqueros Procesados, Negocios Privados Con Servicios Públicos... Difícil
pronóstico el de los refugiados que llegan a estas tierras en momentos en
que los propios argentinos no pueden consigo mismos.
Yo tener hambre
Con Estás allá,
estás acá, la dupla Fischbein-Safigueroa intenta reconstruir la situación
de los distintos refugiados que llegan al país desde distintos rincones del
mundo. El relato de la fuga del horror, la llegada a la tierra del refugio,
pero muy especialmente, como dice Fischbein, “qué es lo que pasa cuando se
trata de una inserción forzada en una cultura tan completamente diferente”.
No sólo las dificultades del idioma, la discriminación, sino detalles tan
básicos como la comida y cómo conseguir trabajo para conseguirla. Pero
también hacen una diferencia, parten en dos la historia, mostrando dos
generaciones de refugiados: los que llegaron entre los años 30 y los 50,
huyendo de la Depresión, del nazismo y de la Guerra; y la más reciente, la
de los refugiados durante la última década: asiáticos, europeos del Este y,
en especial, africanos. ¿Por qué ese corte? ¿Por qué no? Más adelante se
dará una respuesta menos arbitraria a la pregunta. Ahora, volvamos a los
protagonistas.
“Me fui del país por la situación política. Yo era estudiante”, dice
George, con perfecta noción del uso verbal del tiempo pasado. “Las luchas
civiles causaron muchos muertos. Fue muy duro, yo perdí a mi padre y mi
madre y no sé nada de mis hermanos. No sabía adónde iba el barco. Tuve la
mala suerte de que viniera a Argentina.” El testimonio del refugiado
llamado Jeff, senegalés, es similar. “No elegí venir acá. Tuve que
abandonar el país. Perdí a mi papá en la guerra. No sé dónde están mis
hermanas.” Relatos casi calcados. El horror es único y diferente sólo para
quien lo ha vivido. Igual que George, Jeff no habla castellano. Intenta
expresarse en un inglés poco pulido y menos comprensible a oídos
indiferentes. En esas condiciones, hasta las más ínfimas cuestiones pasan a
ser pruebas definitivas a la hora de la comprensión del idioma. “Entré de
contrabando”, reconoce Jeff. “Aparecí en Buenos Aires.” En julio pasado,
dice en inglés. “Todos blancos. Todos extraños para mí. Trataba de
comunicarme en inglés... Nadie parecía entender. Encontré alguien que sabía
inglés. Pude explicar mi situación. Me consiguió algo de comer”, agrega,
gesticulando con la mano que lleva a su boca, en el inconfundible gesto
internacional. Ni George ni Jeff toman coliectibou, ni medio de transporte
alguno: caminan. La razón es simple. Desconocer el idioma es desconocerlo
hasta en los detalles más simples. ¿Dónde es la parada? ¿Cuánto hay hasta
la estación? ¿Dónde bajar? ¿Cómo se llega a tal plaza?
Uno llegó de Nigeria hace dos meses. El otro de Senegal hace seis. Hay uno
de Sierra Leona, que llegó en noviembre pasado; otro, en julio. No son los
únicos, sólo las caras visibles. En enero pasado, este mismo cronista
entrevistó a John y Benardo, dos hermanos burundíes, fugados de la guerra
étnica, de las matanzas desatadas sobre los hutus por la minoría tutsi en
el poder. Después de diez años de vagar por Africa, de haber perdido padre
y madre, de no saber nada de sus hermanos, después de haber trepado como
polizones a un carguero de bandera panameña y tripulación filipina en
Ciudad del Cabo, de haber viajado siete días ocultos debajo de la sala de
máquinas, alimentándose sólo con agua, y con el mar helado hasta las
rodillas, tan helado que les quemó tres centímetros de las plantas de los
pies, después de ese horror que sólo el silencio de los dos hermanos puede
describir profundamente, los desembarcaron en Alvear, un pueblo de 2500
habitantes al sur de Rosario, y después de vagar tres días, gateando porque
no podían caminar, sin animarse a pedir por temor a ser detenidos, fueron
albergados por una familia de Testigos de Jehová, que no les puede
encontrar empleo porque ellos sólo hablan swahili, un idioma nada extendido
en estas tierras, y aunque lo fuera, o aunque John y Benardo hablaran
castellano, no serviría demasiado porque ni los propios nativos de estas
tierras saben dónde buscar trabajo en la Argentina de hoy.
Llega un punto, que se nota en los ojos, o detrás de los ojos de John y
Benardo, de George, de Jeff, de Mark, de Williams, de Charles, cuando dicen
basta. Bajan el telón y toda expresión es silenciada por una cortina
impenetrable. La misma cortina impenetrable que se descubre en lo profundo
de los ojos de todos ellos.
De los recién llegados, de la nueva generación de refugiados que aparecen
en el documental, Dana es la única mujer. También es la única que da
abiertamente su nombre y apellido. Dana es yugoslava, de Serbia, y menor de
edad. Llegó hace tres años, cuando se desataron la guerra y la persecución.
Llegó con sus padres, que un año después se volvieron. “No pudieron
adaptarse”, dice ella. “Las comidas, el idioma, caían en constantes
depresiones, no aguantaron más y volvieron.” Dana habla muy buen
castellano, y puede decir: “Llegamos al aeropuerto. Teníamos todos mucho
miedo. Es raro, estar caminando por la calle y no entender a nadie y tener
la necesidad de decir algo. Y mirar televisión y no entender nada. Llega un
momento en que te desesperás, un poco”, agrega condescendiente con aquellos
días. “Mi primera hora en el colegio fue de historia. La profesora hablaba
y hablaba y hablaba, y yo estaba en otro mundo.”
Yoga es de Sri Lanka pero también habla buen castellano. “En Sri Lanka hay
dos razas, la tamil estuvo actuando políticamente hasta 1983 para lograr la
igualdad de derechos. En 1983 empezó la guerra, que en las dosprimeras
semanas costó más de cincuenta mil muertos. Los militares veían cualquier
joven tamil y lo mataban. Desaparecieron muchos de mis amigos, mis
compañeros, mataron a mi hermano. Yo aguanté hasta el ‘91, después no daba
más, decidí escaparme. Una noche, con mi primo, nos fuimos de nuestro
pueblo, primero en una bicicleta, cuando llegamos a un río lo cruzamos con
la bici sobre nuestras cabezas. De noche, porque si te ven, te matan.
Seguimos con la misma bicicleta por una selva muy densa, muy peligrosa, se
oían los elefantes, otros animales. Un día y una noche, hasta un pueblito
donde teníamos gente conocida. Le pagamos a uno que tenía un tractor para
que nos acercara hasta la frontera. Allí nos pararon los militares y nos
acusaron de ser Tigres, el grupo guerrillero tamil. Estuvimos cuatro días
en una escuela que era un campo militar hasta que nos dejaron salir.”
Yoga está en Argentina desde hace ocho años, y es una de los pocos de la
nueva generación de refugiados capaces de sonreír. Salvo cuando escucha el
sonido de un helicóptero. “La primera noche aquí, oí uno que volaba bajito
y salí corriendo, recién cuando llegué a la calle me di cuenta de que
estaba en otro país. En Sri Lanka, estamos acostumbrados a que cuando oímos
un helicóptero tenemos que correr a los refugios que hay en casi todas las
casas, porque si no te pueden matar”.
Aquel crisol de razas
Que el país fue
otro país y estuvo en condiciones de recibir inmigrantes ofreciéndoles algo
más que una cacerola vacía para golpear por las noches, está a la vista.
Quizás hasta el mismo país se haya olvidado de su propia historia, de aquel
mítico crisol de razas que supo ser. El documental se instala precisamente
en esa comparación entre la inserción traumática a todas luces de las
nuevas generaciones de refugiados, y los traumas olvidados, o suavizados
con alguna broma por los viejos refugiados, aquella generación de judíos
alemanes que ingresaron a partir de la década del 30: algunos en 1934,
otros en 1937, algunos de niños, otros de adolescentes. Lothar, que llegó
en 1947, cuando tenía nueve años, huía de la devastación del ejército ruso
y de un campo de concentración inglés.
“En Alemania yo trabajaba en una fábrica, era muy jovencito, y ahí empecé a
conocer lo que era la militancia política, la actividad sindical”, cuenta
uno de ellos. “Una vez vino la Gestapo y me tuvieron tres meses preso,
interrogándome. Pero supongo que porque era muy joven, y no sabía casi
nada, me soltaron. Ahí, mis compañeros me dijeron que era mejor que me
fuera del país. Y me vine para Uruguay. Acá empecé a conectarme con grupos
antinazis y después con compañeros uruguayos. Durante la dictadura, nos
reexiliamos: volvimos a Alemania. En algún sentido fue más fácil para
nosotros que para los uruguayos, los chilenos, los argentinos, porque
pasábamos más desapercibidos, aunque a veces era extraño porque hablábamos
el idioma de cincuenta años antes. Era un exilio en la propia patria. Mi
hijo estuvo preso entre el ‘75 y fines del ‘81, y también se exilió, pero
en Venezuela. Poco antes de las elecciones, todos volvimos, y aquí
estamos.”
Si están en condiciones de olvidar, cosa que ellos mismos reconocen, es
porque además de horror, también hubo amparo. Llámese familiares, amigos,
una comunidad del mismo origen, alguien que pueda explicarles cómo y dónde
tomar un coliectibou. Pero, muy especialmente, una sociedad en condiciones
de aceptar y ofrecer amparo. Hoy, el orgullo por ese crisol de razas ya no
existe. Y todo aquel que se anime a pisar dentro de estas fronteras,
correrá el riesgo de no saber después cómo salir. “Tenía muy mucho miedo, y
qué voy a hacer”, reconoce un refugiado de Bangla Desh. “A veces yo pienso
que voy a mi país otra vez. Acá no puedo más. Cómo voy a vivir esto. No
idioma, cómo voy a hablar. No entiende la gente lo que quiero.” Jeff, el
senegalés, dice: “No saben nada de nada de nuestra cultura”. Le resulta
difícil confesar que acá todos le parecen “blancos y extraños”.Piénsese un
poco: ¿Qué idoma se habla en Senegal? ¿Con qué países limita Burundi? ¿Qué
pasó en los últimos años en Sierra Leona, en Ghana?
“Por la situación en mi país, que es muy terrible, tuve que irme. Había un
barco en el puerto, que traía comida para refugiados. La bandera era de
Estados Unidos, así que pensé que el barco volvería a ese país”, cuenta
Mark, de Sierra Leona. “Me escondí en la bodega y me quedé esperando varios
días. Al final zarpó, pero yo no sabía que el destino era Guinea, donde
estuvo detenido otros tres días y subieron dos más, escapando como yo.
Quince o diecisiete días después llegamos a un puerto, y el capitán llamó a
la policía y nos hicieron bajar, y ahí supimos que estábamos en la Argentina.
Fue duro. Explicamos nuestra situación a Migraciones. Yo tenía pasaporte, y
después de cuatro días me dejaron bajar. A mis amigos de Guinea no los
dejaron entrar porque no tenían documentos.”
Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados
(Acnur), en la Argentina hay unas 2400 personas reconocidas con ese status
por el gobierno local. Provienen de más de cuarenta países,
fundamentalmente latinoamericanos (unos 530, llegados en su gran mayoría de
Perú y Cuba) y africanos (unos 200, en especial de Argelia y Senegal). El
status de refugiado exige ciertas condiciones: ser perseguido en el país de
origen por raza, religión, nacionalidad, grupo social u opinión política;
por situaciones de conflicto interno y violaciones masivas de los derechos
humanos. No entran dentro del reconocimiento internacional los perseguidos
por dictaduras económicas, los sin techo y sin trabajo.
En lo formal, el procedimiento es sencillo: llega el perseguido, solicita
refugio ante las autoridades de Migraciones, llena planillas y formularios
y su caso pasa al Cepare (Comité de Elegibilidad Para Refugiados),
dependiente del Ministerio de Interior aunque funciona dentro del ámbito de
la Dirección Nacional de Migraciones. El Acnur integra el comité, como
asesor pero sin voto. Es el Cepare el que otorga el status de refugiado. En
otras épocas demoraba un año, incluso menos. “En 1996 había 150 pedidos al
año”, aseguran en el Comité de Elegibilidad. “Ahora el trámite demora más
de dos años. Hay muchos más pedidos, los casos se tratan en forma
individual, y entonces los plazos se estiran.” La secuencia es la
siguiente: en 1997, de 150 pedidos pasaron a 322, más del doble. Un año
después estaban en 600. Y en el ‘99 se llegó al pico, 1456. En el 2000, la
cantidad bajó a 1324. Y durante el 2001 se redujo a 861. Aunque la cantidad
de pedidos viene bajando, el Cepare sigue rebalsado. En los últimos cuatro
años, la inmensa mayoría de las solicitudes fueron de peruanos (1955),
seguidos por los rumanos (971), armenios (253) y cubanos (235). El resto se
cuentan con los dedos de la mano. Qué implica esto: que liberianos,
congoleños, ghaneses, de Sierra Leona, nigerianos, burundíes, son pocos y
carecen de todo tipo de contención. Cuando llega un nigeriano, no lo hace
como los viejos refugiados de la década del 30, con sus familias y
bártulos. No puede darse el lujo de saludar desde la baranda del barco a
algún pariente en la dársena. Ahora llegan como polizones, descalzos,
muertos de frío y de hambre, sin dinero ni documentos, sin valijas ni,
mucho menos, alguien a quien recurrir.
“Voy a pedir a Laprida”
“Muchos no
tienen un solo papel que sirva para acreditar su identidad. No un pasaporte
sino un registro de conductor, el carnet de un club, algo que diga que son
quienes dicen ser”, aseguran en el Cepare. Mientras se desarrolla el
trámite, y se determina si se les puede dar el status de refugiado, reciben
una documentación provisoria, la residencia precaria, que deben renovar
cada 30 o 60 días. Eso los habilita a trabajar, lo que no quiere decir
nada, porque ¿quién les va a dar trabajo si en uno o dos meses puede que no
se les renueve la documentación? Para no mencionar que lo que más falta hoy
en el país es trabajo. “Algunos me ayudan con un poco de dinero. Los que
llegaron hace más de un año. Hay otros que nunca lograron conseguir empleo.
Si viniera alguien de mi país, yo no podría darle nada. Porque no tengo
nada”, dice Williams. Quienes lo ayudan no son sus familiares ni amigos. Ni
siquiera compatriotas. Apenas si son africanos de habla francesa. Porque a
falta de comunidades de la misma nacionalidad, los recién llegados buscan
cercanía idomática. Están tan desprovistos de todo que, en lugar de
agruparse por sus raíces, lo hacen por el país que los colonizó: los de
Mali, Senegal, Guinea, se juntan porque entienden el francés. Ghaneses,
sierraleonenses, nigerianos, liberianos, se reúnen para hablar de sus
problemas en inglés.
Safigueroa y Fischbein contactaron a estos refugiados en “Laprida”. Todos
le dicen así a la sede de la Fundación Comisión Católica Argentina de
Migraciones (Fccam), ubicada en Laprida 930. En la puerta, de lunes a
viernes se pueden ver grupos de refugiados que van a pedir, mientras
esperan ser reconocidos como tales por el Cepare. Argentina firmó la
Convención de Ginebra, que establece el status de refugiado a nivel
internacional. La firmó, pero no tuvo previsto, ni parece tenerlo hasta la
fecha, un armazón para que aquellos que son reconocidos como refugiados
puedan, al menos, refugiarse. El Acnur se vale, entonces, de instituciones
como la Fccam, que colabora orientando a los recién llegados y
entregándoles ropa, comida, un dinerillo básico, lo que se designa como una
ayuda humanitaria, clases de castellano. En una época también les conseguía
trabajo. Siempre había quien llamaba para ofrecer un empleo, “¿tienen
alguien para peón en una obra, o para ayudar en una portería?”. De dos años
a esta parte, los llamados de oferta laboral se esfumaron.
En cuanto a la ayuda monetaria, es mínima: diez pesos un día, cinco. Se les
da hasta que se acaba. Y cada vez se acaba más rápido, porque hay la misma
plata y más bocas para repartir. Hasta el año pasado había quien se animara
a donar dinero a la Fccam. Hoy, como el trabajo, la donación monetaria pasó
al olvido, salvo un pequeño aporte del Círculo de Damas Brasileras. La
Fccam recibe fondos del Acnur para los refugiados en trámite. El primer día
que llegan a Laprida les advierten: “La ayuda es por seis meses”. Hasta
hace unos tres años, la ayuda era por cuatro, pero tuvieron que extenderla
dos meses más por las demoras del trámite. El procedimiento para otorgar el
dinero era sencillo: el refugiado pasaba por Laprida y le extendían un
cheque a su nombre. Cheque en mano, iba al mostrador del banco y cobraba
esos cinco o diez pesos. El Corralito anuló esa posibilidad: durante todo
diciembre, la Fccam no pudo dar ayuda monetaria a nadie porque no había
forma de que cobraran el cheque por mostrador. Hubo que abrir cuentas a
cada uno de los refugiados y, con la intervención del Acnur, se logró que
el banco no les hiciera la quita del impuesto al cheque ni otras quitas
acostumbradas.
El problema que tienen ahora en la Fccam es que aquellos refugiados ya
reconocidos en su status, que ya habían dejado atrás el paso por Laprida,
empezaron a reaparecer en la puerta porque no hay trabajo o porque lo
perdieron. De cada doscientos que golpean la puerta de Laprida, más de
cincuenta son refugiados reconocidos como tales y desocupados. Viven de lo
que pueden. Cuidan autos, buscan changas. Una de las últimas que queda es
emplearse como botones en la puerta de los hoteles, porque está bien visto
que ese papel lo cumplan los negros. La mayor parte vende baratijas por la
calle. “Hoy no vas a ver negros por Laprida. Están todos en las playas
vendiendo sus chucherías”, dice un colaborador de las Damas Brasileras. La
mayoría vende para otros, y cobran el día lo que estén en condiciones de
arreglar, según lo poco que puedan vender y descontando los decomisos de
inspectores municipales y de “la brigada” (que cobra a razón de diez pesos
semanales por esquina). Al menos en eso pueden sentirse iguales a un
argentino: inspectores y brigada no hacen diferencias con extranjeros.
Viven donde pueden. En hoteles, lo que se dice hoteles, ninguno. Se
concentran en San Telmo y Once, en pensiones baratas y conventillos y casas
tomadas. Si hace cuatro años las perspectivas para un solicitante de
refugio ante el Acnur en Argentina eran relativamente seguras, hoy son casi
nulas. Razón por la cual muchos están optando por irse tan silenciosamente
como llegaron. “Los africanos encaran para Brasil, y algunos a Uruguay. A
Chile se animan sólo los latinoamericanos”, dicen en el Cepare. Un detalle:
las convenciones internacionales habilitan al que ya goza de status de
refugiado a trasladarse a otro país, y ese país está obligado a aceptarlos.
Deben demostrar, eso sí, por qué motivos “no están conformes” con el amparo
que les da Argentina: si es por su nacionalidad, por el color de su piel,
por sus creencias políticas o religiosas, son –o deberían ser, en los
papeles– bien recibidos. Pero nada de andar pidiendo refugio por falta de
trabajo, de hogar, hambre o enfermedad. De no ser por esa limitación, el
crisol de razas del Cono Sur se transformaría en un exportador al por mayor
de refugiados y asilados.
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